Recuerdo los 90, los días en que me levantaba de la cama sin plantearme la finalidad de nada de lo que hacía. Simplemente me limitaba a hacer unas tareas las cuales consideraba lo normal, lo que se tenía que hacer. Sin pararme a pensar en el propósito de ninguna de ellas. Simplemente salia de mi casa e iba al instituto sin pararme a pensar el porqué. Lo poco que estudiaba lo hacia para intentar aprobar un examen del cual no averiguaría la utilidad de mi cualificación, estudiaba y no sabía para que. Supongo que fue ese el motivo de mi bajo rendimiento escolar, no tener nunca un objetivo en la vida, bueno eso y mi jovial inmadurez.
A día de hoy procuro no dar un paso en balde, no realizo una sola acción sobre la que no haya trazado previamente una flecha con su inicio, dirección y destino, me he dado cuenta de que ponerse objetivos y fantasear con llegarlos a alcanzar te da la motivación necesaria para conseguir muchas cosas.
En ocasiones recuerdo un consejo que me dio, de pequeño, un compañero de mi padre cuando me enseñaba a jugar al ajedrez: "Nunca muevas una ficha sin saber para que", en el ajedrez no me ha servido para una puta mierda pero de alguna manera subliminal supongo que si.

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